Relojero trabajando en el mecanismo de un reloj de pulsera

Por qué está de moda el reloj de muñeca

Llevamos la hora en el móvil, en el ordenador, en el coche y hasta en el microondas. Nunca en la historia ha sido tan fácil saber qué hora es y, sin embargo, el reloj de muñeca atraviesa uno de sus mejores momentos. No es nostalgia: es una decisión consciente de mucha gente que ha vuelto a ponerse algo en la muñeca justamente porque ya no lo necesita.

Cuando dar la hora dejó de ser el motivo

Durante un siglo, el reloj de pulsera fue una herramienta. Se compraba por lo mismo que se compra un destornillador: porque hacía falta. El teléfono móvil acabó con esa necesidad en poco más de una década, y a mediados de los 2000 muchos dieron por muerto el sector.

Ocurrió lo contrario. Al perder su función obligatoria, el reloj se convirtió en algo más interesante: un objeto que se lleva porque se quiere llevar. Y eso cambia por completo lo que la gente busca. Ya no se pide precisión —cualquier móvil es más exacto que el mejor cronómetro suizo—, se pide carácter, historia y una manera de decir algo sin decir nada.

El cansancio de las pantallas

Hay una razón que se repite en casi todos los estudios de consumo de los últimos años: la fatiga digital. Mirar la hora en el móvil significa ver notificaciones, mensajes y correos. Levantar la muñeca, no. El reloj hace una sola cosa y no pide nada a cambio.

Ese gesto de dos segundos, sin distracción de por medio, se ha convertido en un pequeño lujo. En un contexto en el que todo compite por nuestra atención, un objeto que se limita a estar ahí resulta casi revolucionario. No es casualidad que muchos de los nuevos aficionados sean personas jóvenes que han crecido con una pantalla en la mano y buscan precisamente lo contrario.

La fascinación por lo mecánico

Vivimos rodeados de aparatos que no entendemos y que no podemos abrir. Un reloj mecánico es exactamente lo opuesto: un mecanismo que funciona con un muelle, un juego de engranajes y un órgano regulador que late entre seis y diez veces por segundo. Sin pilas, sin software, sin actualizaciones. En un automático, el simple movimiento del brazo hace girar una masa oscilante que va tensando el muelle real: el reloj se alimenta de quien lo lleva.

Ese detalle —que algo funcione durante décadas gracias a piezas que puedes ver moverse— explica buena parte del fenómeno. Los fondos de caja transparentes, los vídeos de mecanismos girando y el interés por entender qué es una reserva de marcha no existían hace veinte años entre el gran público. Hoy son contenido de consumo masivo.

Los números confirman la tendencia

Las cifras del sector cuentan una historia muy concreta. Según la Federación de la Industria Relojera Suiza, en 2025 se exportaron relojes por valor de 25.552 millones de francos, un 1,7 % menos que el año anterior. Pero el número de unidades cayó mucho más: un 4,8 %, hasta 14,6 millones de piezas.

Se venden menos relojes, pero cada uno vale más. Y el desglose por precio lo aclara del todo: los relojes por debajo de 500 francos cayeron un 4,5 %, mientras que la franja de 500 a 3.000 francos se mantuvo estable. Es decir, el reloj barato y desechable pierde terreno; el reloj que se compra para conservar, no. El primer trimestre de 2026 cerró incluso al alza, con 6.200 millones de francos y un crecimiento del 1,4 %.

El mercado de relojes de segunda mano ronda ya los 20.000 millones de francos y Deloitte prevé que alcance los 35.000 millones en 2030, más de la mitad del mercado de reloj nuevo.

El dato más revelador de ese mismo informe es generacional: entre los aficionados a la relojería, un 48 % de los millennials y un 37 % de la generación Z prevén comprar un reloj de segunda mano en los próximos doce meses, frente a apenas un 12 % de los baby boomers. El relevo no solo existe: prefiere el reloj con historia.

El reloj heredado vuelve a la muñeca

En el taller lo vemos cada semana. Alguien aparece con el reloj de su padre o de su abuelo, guardado años en un cajón, y pregunta si tiene arreglo. Casi siempre lo tiene. Y casi siempre acaba llevándolo a diario.

Ahí está la diferencia entre un reloj y casi cualquier otro objeto que compramos: se puede heredar y se puede devolver a la vida. Un movimiento mecánico bien construido de los años sesenta o setenta sigue siendo reparable hoy, y una limpieza, un cambio de aceites y una junta nueva pueden devolverle otros veinte años de servicio. Esa continuidad —un objeto que pasa de una generación a la siguiente y sigue funcionando— es algo que ningún dispositivo actual puede ofrecer.

Comprar menos y que dure más

La tendencia encaja además con un cambio de mentalidad más amplio. Frente a la tecnología que queda obsoleta en tres años, el reloj mecánico propone lo contrario: pagar una vez, cuidarlo y conservarlo décadas. Es consumo consciente aplicado a un accesorio, y explica por qué mucha gente prefiere un solo reloj bueno antes que varios mediocres.

El mercado de segunda mano refuerza ese mismo razonamiento: permite acceder a modelos descatalogados, evita listas de espera y hace que un reloj bien mantenido conserve valor en lugar de perderlo.

El estilo también ha vuelto a lo clásico

La moda ha acompañado. Después de años de cajas enormes, las proporciones han vuelto a bajar: diámetros contenidos, esferas limpias, perfiles finos que caben bajo el puño de una camisa. Vuelven los colores sobrios, los materiales nobles y los diseños que no gritan.

Y hay un detalle práctico que ayuda mucho: cambiar la correa transforma el reloj por completo. Un mismo modelo pasa de vestir a informal con una correa de piel, una de tela o un brazalete de acero. Pocos accesorios ofrecen tanto por tan poco.

Una moda que exige cuidado

Aquí llega la parte que suele olvidarse. Un reloj mecánico es una máquina con piezas en movimiento permanente y lubricantes que se degradan. Si no se mantiene, se estropea: los aceites se secan, aumenta el rozamiento y el desgaste que empieza siendo invisible acaba costando piezas.

  • Revisión completa cada cuatro o cinco años en un reloj mecánico de uso diario.
  • Juntas y hermeticidad: se revisan al abrir el reloj y siempre que se vaya a mojar.
  • Pila en los de cuarzo: conviene cambiarla en cuanto se para, para evitar fugas que dañen el movimiento.
  • Correa y brazalete: son piezas de desgaste; una correa cansada es la causa más frecuente de una caída.
  • Golpes y campos magnéticos: dos enemigos discretos que alteran la marcha sin que se note al principio.

Un reloj revisado a tiempo cuesta mucho menos que uno reparado tarde. Y en las piezas antiguas la diferencia es aún mayor, porque cada componente original que se salva es un componente que no hay que fabricar.

Del cajón a la muñeca

Si el reloj de muñeca está de moda es porque ha dejado de ser una herramienta para convertirse en una elección: la de llevar algo hecho para durar, que se entiende, se cuida y se transmite. Justo lo contrario de casi todo lo demás.

En Time Past llevamos desde 2002 dedicados exactamente a eso. Revisamos, mantenemos y restauramos relojes mecánicos y de cuarzo, y devolvemos a la vida piezas que llevaban años paradas. Si tienes un reloj heredado en un cajón o quieres poner al día el que llevas a diario, tráelo y lo diagnosticamos sin compromiso.